Jueves. Estación de cercanías (de las de menos uso) del núcleo de Bilbao.
Voy a coger el tren, así que saco la cartera para meter el creditrans a la canceladora. Vaya, no tengo creditrans, se terminó el otro día en el funi...
Bueno, no pasa nada, vamos a la máquina (es una estación sin personal) y sacamos otro. Cojo la amex... y resulta que la máquina es de las antiguas, ni tarjetero, ni creditrans.
Que fastidio, habrá que sacar un billete entonces. Marcamos destino, San Mamés. Billete sencillo. 1.50€. Echar mano al bolsillo y... 1.35€. Estupendo. Me faltan 15 céntimos. Ala, venga, pues andando a otra estación cercana, de metro de tren, que sí tenga opción de pagar con tarjeta. O a un cajero, lo que esté más cerca. Pero empieza a diluviar... no precisamente un sirimiri. Nada de andar hoy.
Menos mal que uno es hombre de contactos, y puedo llamar a un amiguete, que vive cerca... me recoge, nos echamos un café, y luego me acerca a... Leche! El teléfono sin batería, tampoco puedo llamar a nadie...
Al final, una solución 'de las de toda la vida':
- Señora, perdone... me he encontrado que la máquina no me dejaba pagar con tarjeta, y me faltan 15 céntimos para poder sacar billete....
- Espera a ver si tengo suelto... sí, toma.
- Muchísimas gracias!
Evidentemente, lo primero que hice al llegar a Bilbao fue acercarme a una máquina de esas que sí tienen tarjeta, y sacar otro creditrans...
Como reflexión: cuántas veces nos ha pasado que alguien viene a pedirnos algo, con cierto apuro, y, simplemente, no nos creemos nada. En este caso, gracias a que la señora me creyó (y supongo que mi aspecto me ayudaría a que fuera creíble) se pudo solucionar esto sin mayor problema...